jueves, 29 de junio de 2017

86

SEMEN SECO EN EL TABLERO DE UN CAMIÓN


Con el amanecer llegan a Yacaré, Corrientes. La señorita Chevrolet está dormida  pensando que Mariano es el embajador hermoso del país de los camiones. Abre los ojos y con la toalla limpia el semen que dejó la noche en el tablero. No sabe de cuál de los dos es. Una mezcla, seguramente. Le encanta eso, jugar con el semen de los dos. Que los iguale alguna diferencia: tonalidad, textura, olor. Gusto. Siempre la puso triste el semen seco. Y ahora un poco triste, bosteza, y lee el cartel que les da la bienvenida. El semen de la noche le recuerda una curva, la ruta quebrada. Un auto destrozado entre las ovejas. Seres colgando de hilos como marionetas de una versión más de todo lo que está ocurriendo. Acá no se muere nadie, dice en voz alta la señorita Chevrolet. Mariano la mira como si la señorita Chevrolet fuera una ruta incomprensible y acelera este camión que vino desde lejos hasta Yacaré, Corrientes, a dejar una carga y a llevarse otra mucho más pesada.     

lunes, 20 de marzo de 2017

85

EL LORO CONTANDO EL CHISTE DEL LORITO

Al detective lo visitan todas las noches. Llegan como si fueran tías ajenas un día después de su cumpleaños. Le traen regalos porfiados. Reyes magos que le dejan malos dones. Unos guantes de box que le arruinarán la vida luego de 6 peleas todas perdidas y un rostro monstruoso para esa rubia que lo abandona en un remís. Un caballo negro frenético robado a Gómez, el granjero, y dos tiros en la espalda. El tatuaje de una duenda hermosa que un día se ahogará en un desagüe. Cosas así. Cosas como esas.
Un hueso de ratón mordisqueado. Un patio al que no se puede regresar. El detective los apila, uno arriba de otro. Para él son pistas, solo eso. Datos descifrables. La tanguita fucsia de una piba violada en las montañas de basura. Las tías toman té, un té nocturno. Y le hablan de lo difícil que es ser tías en las épocas que corren, tan esquivas. Revuelven el té como si fuera sopa. Y tejen algo inentendible. El peor de todos los regalos, piensa el detective. Y las tías revuelven la sopa y tejen y le cuentan de épocas mejores y el detective trata de descifrar, de escuchar diagonalmente, de no caer en la trampa. De no escuchar al loro contando el chiste del lorito. El detective encuentra algo ahí. Una tía vuelca la sopa y las letras se acomodan en el piso y el detective lee: GIL.

Las tías ríen como locas y la noche se retuerce.  

jueves, 22 de diciembre de 2016

84

VERSIONES DE LO QUE ESTÁ OCURRIENDO

En una de las versiones de lo que está ocurriendo el detective pasa 15 días con sus noches sin salir de la pieza del hotel París. Dialogando con una araña y una mosca. A ver quién se come a quién esta vez. Acostándose con la petisita tuerta que va a regar una plantita raquítica pegada a la ventana. El detective pasa todos esos días mirando las fotos del lugar: esas con casitas bajas y gallineros. Con perros mutilados escarbando en la basura. Con duendas que se ahogan en un desagüe más allá de los pastizales y poco más acá de la ruta que pierde el tiempo hacía el oeste. Como si fueran satélites que le bajan información. Como si leyera la historia en la sopita de letras que se enfría.

Pero en otra de las versiones de lo que está ocurriendo el detective sale, el detective es un depredador nostálgico que averigua direcciones, patea puertas, extorsiona enfermeras y con el arma adecuada espera el momento adecuado en un pasillo de hospital, a metros de donde el perro del diablo convaleciente se recupera de un balazo. 

sábado, 17 de diciembre de 2016

83

AHORA O NUNCA

El detective se despierta súbitamente como si lo hubieran tocado con un dedo filoso. La araña, negrita y culona, una novia de la juventud, camina hipnótica por la pared hasta llegar a la ventana. Ahí se queda. El detective se levanta, corre la cortina y en la vereda de enfrente la ve: una vieja intensa, desnuda o vestida con trapos, una vieja desnuda y harapienta. La vieja lo mira. Ojos de pescado frío. La vieja levanta un dedo para señalarlo y el dedo se alarga en la noche en una mala película de horror. Entonces el detective se despierta súbitamente como si lo hubieran tocado con un dedo filoso. En la pieza todo es oscuridad. Prende el velador y pasea la vista. Nada. Pero siente que algo. Una presencia, una invisibilidad, aire convertido. Pero nada. Solamente una mosca. Una mosca que parece dibujada. Un carboncito levitando. Una mosca que le habla. Es ahora o nunca. Muerto este perro se acabó esta rabia. El detective le contesta mudo que ese perro ya murió en el pasado. La mosca se ríe a la manera de las moscas. El detective se despierta súbitamente como…

Amanece en González Satán. Igual que en cualquier lado. Las cosas van adquiriendo color. Los seres diurnos se van desperezando y los nocturnos se esconden en las fisuras del día.

miércoles, 12 de octubre de 2016

82

¿CUÁNTO TIEMPO PUEDE PERMANECER UN GRITO EN EL OÍDO?


El detective durmió mal. Lo despertaron disparos verdaderos y gritos del pasado durante toda la noche. ¿Cuánto tiempo puede permanecer un grito en el oído? Se pregunta mirando su cara lavada en el espejo. La barba se asoma tímidamente ¿años? Quizás a un costado, chiquito, rebotando como en un flipper mudo, en los recovecos de la oreja, en los patios interiores de la arquitectura auditiva. La ropa caída que deja un sonido en el pasillo. Más agua fría y el detective piensa en otra cosa. La guerra del Acantilado, policías versus transas. Narcotraficantes de poca monta, linyeras de la droga. Los mariachis. Tres hermanos. Tres hermanos gordos que se hacen pasar por mexicanos. La brigada mató a uno de ellos y lo dejó desnudo con la cabeza metida en una boca de tormenta. Y así empezó la guerra de El Acantilado. El Acantilado es la villa más populosa de González Satán. Los mariachis eran tres y ahora solamente dos. Dos hermanos gordos que se hacen pasar por mexicanos. Las bandas se cruzaron en el bar El Hígado. Todos los jueves el puticlub es para uso exclusivo de la brigada. El detective escribe, subraya, tacha. El Dogo está herido de gravedad en terapia intensiva. El Dogo. El detective hace una pausa. Ese sobrenombre le revuelve las tripas. El Dogo murió por primera vez en el año 1978 en un tiroteo en plena dictadura. ¿Cuánto tiempo puede permanecer un grito en el oído?

miércoles, 5 de octubre de 2016

81

UN CIGARRILLO IMAGINARIO


Pistas reales, pero también interesadas, defectuosas, mutiladas, lo llevan a hospedarse en el hotel París. Apenas cruza la puerta de entrada se le antoja que es el mejor de los peores hoteles de este mundo. En una de las paredes, del mismo clavo, cuelgan una ristra de ajos y un rosario. Un matrimonio arreglado, un contrato sin firmas, piensa el detective. Pide una habitación que de al frente, con ventana. Todas nuestras habitaciones tienen ventana le dice con orgullo la conserje, una mujercita tuerta, como si se colgara una medalla olímpica. El detective le apaga un cigarrillo imaginario en su único ojo. Sonríe y le dice que claro, que por supuesto. Le pregunta qué le pasó en el ojo ausente. Me apagaron un cigarrillo real, contesta la petisita. El detective ríe hasta que entiende que pregunta y respuesta no existieron. Suben una escalera oscura y húmeda. Claustrofóbica. Recorren un pasillo estrecho de paredes blancas y un techo al alcance de una cresta punk. En el piso hay huellas barrosas de un pie descalzo que desembocan en una puerta cerrada. Ellos siguen. El pasillo no es largo pero es como si se fuera estirando, desenrollando, a medida que avanzan. El detective quiere arrojar a la gorda que lleva en brazos por una ventana, por cualquier ventana. Pero no hay ninguna. No llevo a ninguna gorda en brazos, dice el detective y la petisita tuerta lo mira con la mitad del asombro con el que lo hubiera mirado de haber tenido los dos ojos. Mil años después llegan a la habitación. Una vez adentro y solo, abre la ventana y mira hacía enfrente. El viento hace que se sienta mejor, pero no mucho. Piensa en descansar un poco, algunas horas y después comer algo. Pero ya está dormido.      

miércoles, 28 de septiembre de 2016

80

PISTAS FALSAS


Todas las pistas son falsas, piensa el detective, aún las pistas verdaderas. Las moscas sobrevuelan la atmósfera del hotel París donde el detective se recluye. Se le antoja que el hotel París es el mejor de los peores hoteles de este mundo. Desde la ventana observa a los que entran en la sala de ensayo de enfrente, sobre la calle Persia. Reconoce al negro vestido con una túnica blanca. Qué túnica de mierda, piensa. Es el padre de la putita violada y asesinada en las montañas de basura. Está acompañado por dos más. Uno de ellos lleva su instrumento ¿un saxo? ¿un violín? en un estuche. El detective afina la vista, le parece que el otro acompañante, el guitarrista, es bizco. Ensayan durante dos horas y salen. Esto se repite todos los días. El detective hace cuentas revolviendo la sopa de letras, las letras son números en otro idioma. En el idioma de la razón y la verdad, razona. Llega la noche y golpean la puerta de la habitación. Es la encargada trayéndole la cena. Una petisita, tuerta. La imagina desnuda a caballo. Después sueña con atardeceres y tornados.    

lunes, 19 de septiembre de 2016

79

SOPA DE LETRAS


Los camioneros son marineros de tierra firme, piensa el detective. Y la barba le va comiendo la cara. Una lógica desmesurada arma un rompecabezas sin sentido. Pasan los pueblos pisados por las ruedas del camión. Un padre mujer enamorado. Una chica hermosa ultrajada en unas montañas de basura. Un pibe que habla moscas. Un minotauro. El detective revuelve la sopa de letras buscando la pista, el abecedario real, y lo único que lee es la palabra HUIDA. Sabe que ya no podrá escaparse nunca, que a donde vaya llevará a González Satán. Y sigue revolviendo la sopa y las palabras que se forman lo pasean por los túneles y ve duendas que se ahogan, ve a una mujer enorme acurrucada en el corazón de la humedad, ve perros muertos. Se le ocurre que González Satán es una mala genética en el trazado urbano. Pero va más lejos y aparece un barco. El barco llega a una costa pantanosa y del barco bajan unos negros desnudos de ojos colorados. Sacan sus vergas y orinan en la tierra, orinan sangre bautizando la nueva geografía. Bajan fantasmas y ratas. Bajan cadáveres frescos. Baja una vieja harapienta afilando unos dientes de pescado. En una mano tiene un ratón sin cabeza. Y con la otra, pero esto el detective no lo puede ver, agarra la mano de un chico que baja entre las  moscas.    

miércoles, 24 de agosto de 2016

78

VIVIR EN UN CAMIÓN


La señorita Chevrolet y Mariano recorren el país. La cabina del camión es su hogar. Son felices durante un tiempo. La intensidad sexual decrece y por momentos parecen amigos o, peor aún, hermanos. Deciden dejar de viajar y pasan un invierno entero perdidos en un pueblito perdido del sur. Si hubiera dependido de ella se quedaban ahí para siempre. Pero Mariano es un nómade y necesita subirse al camión otra vez. Hace unas llamadas y consigue trabajo rápidamente. Transportar cosas de un lado a otro es la excusa para no quedarse quieto. Discuten. La vida es esto o la vida es esto otro. La señorita Chevrolet evita cualquier definición. Solamente resalta que su casa estará para siempre al lado de Mariano. Se besan. Hacen el amor por última vez en ese pueblito sureño. Mariano le dice al oído palabras inentendibles que la excitan muchísimo. Esa noche la señorita soñará con animales y pirámides. Será uno de los pocos sueños que recordará toda la vida. Ya en la ruta y con el sol del desierto de frente cambian de asiento y es ella la que maneja. Algo que hacen a menudo. Mariano le manosea las tetas blandas y le mete la mano debajo de la pollera. La señorita cierra los ojos e imagina la ruta para poder manejar sin correr peligro.

sábado, 20 de agosto de 2016

77

ORATE


Analizan el cadáver del toro asesinado en las montañas de basura. El toro tiene ciertos rasgos humanos y pareció sonreír cuando lo acribillaron los policías de la única comisaría de González Satán. El detective toma notas. El toro sonriente tiene células humanas en su tejido exterior y un ADN que no corresponde en absoluto con el de los bovinos. Los científicos de González Satán sugieren prenderlo fuego y tirar las cenizas en un tacho de basura en nombre de la ciencia. El brujo Raúl está de acuerdo a condición de quedarse con el pene y los testículos por una razón que no revela. De la ciudad capital llega un obispo sentenciando que dicho toro no había existido jamás. El obispo y el brujo Raúl debaten en la soledad de una pieza durante toda la noche. Al amanecer el brujo se lleva una bolsa llena de algo de un toro inexistente. El obispo regresa por donde había venido. El paganismo y el cristianismo en paz. El detective sigue investigando. En la otra punta del ovillo la embajada de Ucrania denuncia la desaparición de un marinero desembarcado en el puerto de González Satán meses atrás. El detective recorre el puerto. Hace preguntas. Le contestan sobre un loro degollado y una prostituta de 15 años llamada Carla. Ata cabos. Se entrevista con el padre de la puta, un negro que lo recibe desnudo. Esa noche sueña  con una vieja embarrada con dientes de pescado. La vieja le dice palabras amorosas y al mismo tiempo amenazantes.         

miércoles, 17 de agosto de 2016

76

BENDITA DUENDA


Las tetitas de La Duenda se movían como aletas en el agua negra de las maldiciones y las aguas del arroyo Las Catonas. La Duenda buceaba, sin respirar, buscando una salida. Las duendas pueden respirar una vez cada diez años pero no soportan nadar en  maldiciones. La Duenda se iba poniendo azul cuando miró hacia atrás, hacia donde La Giganta se ahogaba sin remedio. Se ahogaba luchando con la maldición que le llenaba de agua los pulmones. Enredada en su pelo tentáculos patas de araña medusa. Tragando y escupiendo. Rodeada de tatuajes sin vida en esa tumba, su tumba, impensada. Las tetitas de La Duenda cambiaron rumbo, vuelven para atrás, bendita Duenda. Tetas benditas. Bendito tatuaje de las tetas de La Duenda, un ojo que brasea más allá del alcance de La Duenda. Y cuando La Giganta cierra sus ojos, el ojo tatuado mira desde ella una escalerita que la lleva a algún lugar. Bendita escalera, ojo bendito. Bendita Duenda que ahora flota, y flota, como una nube, como un barquito, como una Duenda que ahora flota saliendo por un desagüe en el arroyo Las Catonas. Y vos y una petisa la ven aparecer flotando azul, y azul es el color que toman Las Duendas ahogadas entre  maldiciones y aguas y flotan flotando lejos, muy lejos, hacia donde quieran flotar Las Duendas con tetitas como aletas que se ahogan. 

viernes, 12 de agosto de 2016

75

MALDITA HISTORIA.

Anochecía cuando La petisita tuerta vino a buscarme. La recibí en la puerta del hotel París, el mejor de los peores hoteles de blablabla. Me preguntó por qué lloraba y no supe explicarle. La petisa solamente quiere robar caballos, insultar a las estrellas, coger. Viajar en tren, coger, ser la nómada feliz. Nunca iría detrás del Junta-perros. Ni se rozaría con El dogo.

Caminamos unas cuadras, ella me hablaba de un caballo blanco que juramos robar hace mil años. Un caballo con nuestros nombres grabados en las herraduras. Nuestros nombres escribiéndose en los caminos por donde el caballo galopara. Ir detrás de la dirección de nuestros nombres. Seguirnos para encontrarnos. Eso me decía mientras caminábamos a la vera de los álamos en la rivera del arroyo Las catonas.  Las aguas y las maldiciones. Chillaban los chimangos. Maldita historia. Maldita banda de hard-rock. Dogo maldito. Entonces la vi: La Duenda, el tatuaje que habitaba la teta izquierda de La Giganta, salía flotando por un desagüe. 

jueves, 11 de agosto de 2016

74

MALDITA DUENDA

La Giganta sigue, como si fuera un satélite encorvado de este basural, apenas cabiendo en el caño. El junta-perros es solamente un sonido a la distancia. A veces la oscuridad tiene pozos de oscuridad profunda. Susurran las maldiciones del arroyo Las catonas que se empiezan a escuchar. Aguas y maldiciones. Maldito Dios. Maldito brujo. Diablo maldito. Madre maldita, padre. Hijos malditos. El amor es una maldición maldita. Él maldito, ella. Tiempo y espacio están malditos.

La Giganta avanza con el agua a la cintura, pero está tan encorvada que tiene la cabeza también en la cintura. Algunos tatuajes empiezan a ahogarse, otros escapan, traicionando. La Giganta avanza porque los héroes no tienen más remedio que avanzar. Agua maldita, túnel maldito. El pelo se le enrosca, mojado, babeante. El arroyo Las catonas sabe a tristeza. Al azúcar de la amargura. A maldiciones frescas y a maldiciones podridas. A lágrimas sucias a muerte joven. A insectos a fósiles a promesas incumplidas. A autos hundidos a caballos viejos. La duenda, el tatuaje que vive en el pecho izquierdo de La Giganta, salta y nada. Se aleja. Maldita duenda, duenda maldita.

miércoles, 10 de agosto de 2016

71

PERROS PARTIDOS


La Giganta nunca fue muy buena para esconderse. Cosa que le pasa a todos los gigantes. Pero se escondía, se mimetizaba con la basura. Adquiría formas nuevas, cambiaba su color. Se escurría. Se esfumaba. Iba detrás del Junta-perros. Se internaban más y más en las montañas de basura como un bocadillo bajando la garganta. La tarde  se iba pareciendo a un moretón perfilándose al morado de la noche. Todos los brillos eran rojizos destilando una alarma. El filo de las latas, el filo de los charcos. Estaban en el centro arterial de las montañas de basura, debajo del Aconcagua de González Satán. Basura de antaño acumulada, la basura de la basura. Los restos de todo lo que ya sobraba. Una forma de existir estando de más en el mundo. Y ahí estaba La Giganta, la parpadeante, persiguiendo al junta-perros por las cuevas. Chillan los chimangos, pájaros  de los desperdicios. Y se responden como si llevaran una clave, los números que se esconden en los pájaros. El junta-perros se introduce por el caño que desemboca a varios kilómetros en el arroyo Las Catonas, que está hecho de agua y maldiciones. La Giganta lo sigue a la distancia. Ya no se ve nada solamente los ojitos amarillos de algo. Chirría la carretilla y cruza la rata la bubónica reina del país de la rabia. La trampa del junta-perros es no esperarla. Eso lo sabemos nosotros pero La Giganta no, y entonces sigue.

viernes, 5 de agosto de 2016

73

TERNURA


Tomaron la interprovincial rumbo al amanecer. Se enamoraban a kilómetros por hora. La señorita se limpiaba la sangre de la nariz con algodoncitos que iba tirando por la ventanilla. Como dejando un rastro. Como si presintiera que al final del viaje terminaría como siempre regresando sola. La desconfianza se evaporaba a kilómetros por hora cuando llegaban a Madariaga, cuando cruzaban la rotonda, cuando se besaban a kilómetros por hora. Con la primera claridad bajaron del camión a orinar frente al océano atlántico. Una al lado del otro. Dos chorritos amarillentos cayendo en las olitas que iban a morir a sus pies. Los chorritos de meo se cruzaron como si se cruzaran los destinos. Se rieron. La señorita Chevrolet vio que la pija de ella era más grande, le calculó a ojo una diferencia de tres centímetros, por lo menos. Y eso le produjo una ternura interminable. Rodaron abrazados en la frontera del mar. Cogieron como animales anfibios. Ahogados sin ahogarse. Se penetraron, se durmieron y se despertaron justo un ratito antes de transformarse en peces.           

miércoles, 3 de agosto de 2016

72

LA SEÑORITA CHEVROLET


El detective investiga. Una madre falsa cuenta una historia verdadera acerca de un posible padre del chico de las moscas. El posible padre nació Ricardo pero fue conocido como la señorita Chevrolet, uno de los primeros travestis de González Satán. La avenida Ringo Bonavena era de tierra y escombros y la señorita Chevrolet subía a los camiones que la dejaban subir. Las tetas infladas con aceite, las piernas cepilladas. Labios fluor  recorriendo las vergas de un Scania. Hay fotos en el archivo policial. Están las cartas de amor que le escribía Mariano, un enamorado de la señorita Chevrolet. Cierta madrugada de niebla la señorita Chevrolet sube a la cabina de un camión que le hace luces y sin poder ver nada no la cogen, le hacen el amor. La acarician. La besan, cosa rara. Le abren la puerta y la dejan a la vera del camino. El camión arrastra la niebla de la felicidad rumbo a la interprovincial número 3. La señorita Chevrolet se limpia. Le duele el cuerpo como nunca, pero es el dolor más hermoso que sintió en la vida. Solamente recuerda el olor a lavanda del desodorante de ambiente de la cabina. Pasan más camiones y más pijas. Los violentos y los tristes. Le tiran piedras, la insultan. Le dicen que la aman pero le están mintiendo. La primera de las chicas que desaparece es Lidia Whiskera y no aparece nunca más. Le sigue La Mona Chita que aparece en pedacitos en los pastizales de la ruta 23. La chica Chevrolet se sabe en peligro pero siempre se supo en peligro. Por lo menos ahora tiene un sueño: encontrar a Desodorante Lavanda. Varios hombres la miran desde una camioneta estacionada. Intuye deseo y odio. Piensa que deseo y odio son palabras que pueden querer significar lo mismo. Camina hasta la otra esquina. La noche estrellada la protege. La camioneta arranca y se acerca. La noche estrellada deja de protegerla. Corre como un hombre la que siempre quiso ser mujer. Pega como un boxeador la que soñaba con ser suave. Uno de los hombres cae. Son cuatro. La señorita Chevrolet pelea como si fuera tres. La están por subir a la camioneta cuando como una estrella del cielo estrellado cae un camión. Las estrellas son arañas brillantes que se descuelgan del cielo, piensa la señorita Chevrolet sangrando en una  cabina que huele a celo, a amor, a lavanda.          

miércoles, 27 de julio de 2016

70

DETECTIVE III


La obsesión no es buena consejera. Sí es una consejera obstinada. El detective se obsesionó. Mandó cartas aquí y allá. Le respondieron afirmativamente de ciudad capital. Visitó al secretario del sindicato de comercio de González Satán. Visitó al comisario de la única comisaría de González Satán. Tuvo charlas con Raúl, un brujo influyente. Accedió a archivos privados. Recorrió juzgados. Revisó causas. El chico de las moscas en los últimos 100 años había muerto tres veces. Requisaron el registro civil. Certificados de defunciones. Desenterraron tres tumbas que hallaron vacías. Hablaron con tres madres, una epiléptica y demente, otra sordomuda y la tercera con alzheimer. Rastrillaron las montañas de basura y lo único extraño que encontraron fue a un toro extraño. Un toro que se les vino encima, furioso y cuando le dispararon pareció feliz. El toro apenas se resistió, pensó el detective. Cuando intentaban interrogar al chico de las moscas sus únicas palabras eran moscas que salían volando buscando una ventana para perderse lejos de esta historia. Las huellas dactilares del chico de las moscas correspondían con tres muertos y dos desaparecidos. Su detención era secreto de sumario. El brujo Raúl advirtió que lo liberaran. El comisario se persignó dictaminando que lo decida el juez. La cordura del detective se alejaba rápidamente de esta historia.     

jueves, 21 de julio de 2016

69

EL JUNTA-PERROS


Y un día el tren que nunca se detiene se detuvo. Porque así son las cosas. Y bajamos y nos fuimos viendo y nos fuimos juntando. Caminamos hasta donde estaban acampando los primeros nómades y nos transformamos en nómades. Y nunca entendimos qué pasó o qué fue todo eso del tren. Pero no es necesario andar entendiendo todo. Ahora éramos nómades y éstos simplemente marchan. Para delante. De una fogata a la siguiente. Y así. Hasta que una fogata sea la última. Cuando llegó el invierno, la primera noche de invierno, me dormí y cuando desperté recorría las montañas de basura con La Giganta. Hablamos del Dogo y una pieza de hospital. De un disparo en el costado. De la bruma y de unos chicos escapando en bicicleta de la policía. Hablamos del pac-man negro, su tatuaje perdido. Llegábamos al cuadrante 16 del centro de las montañas de basura cuando lo vimos: el junta-perros empujaba la carretilla en contraluz a lo lejos. Alto y flaco, vestido con harapos. El junta-perros a eso se dedica. Lo seguimos y nos acercamos. El junta-perros, dejó la carretilla y escarbó en la basura. Arrastró algo, una pata, y apareció el cadáver de un perro a la mitad. Lo subió a la carretilla y siguió su camino. Un perro muerto lo llevaba hacia el siguiente. Como una fogata conduce a la otra. Siguiendo de cerca al junta-perros por el túnel 64 del interior de las montañas de basura me desperté temblando de frío. Los nómades dormían y la hoguera se había apagado, pero eso no importaba. La Giganta estaba persiguiendo sola al junta-perros.    

viernes, 1 de julio de 2016

68

PLAGIO

¿Encontraría a la Giganta? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la calle rota, sombreando las montañas de basura, y apenas la luz de ceniza y braseros que flota sobre el asfalto me dejaba distinguir las formas, ya su silueta larga se inscribía en la avenida Ringo Bonavena, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida como un camión detenido a punto de ponerse en movimiento. Y era tan natural cruzar la calle, inventar un mundo, entrar en su órbita terrestre y acercarme a la Giganta que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita realidades o que precisa que el que se mueva sea el tren y no el anden.

Pero ella no estaría ahora en la Ringo Bonavena. Sus tatuajes cortándole la piel estarían esperando al hombre a caballo, quizá estuviera charlando con un tren o cogiendo con un espantapájaros en la habitación maldita del hotel París, el mejor de los peores hoteles de esta galaxia. De todas maneras recorrí la avenida, y la Giganta no estaba…solamente un pac-man negro, su tatuaje perdido. Lo seguí.