sábado, 12 de diciembre de 2015

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LA MONEDA DE CARTÓN


Las canciones no salían, daba la sensación de que El bizco estaba componiendo con una guitarra sin cuerdas. El negro en vez de tocar la batería le rezaba a una araña aplastada en una calle que comenzaba en la vía muerta y concluía en las montañas de basura. El saxofonista intentaba hacer música frotando dos piedras. Y yo, bueno, servía las bebidas mientras soñaba a una giganta que pesadilleaba conmigo. Me estaba transformando en un linyera. Tenía el living -la sombrita de un Ceibo- en la avenida de los camiones que nunca se detienen. Esa avenida con dos direcciones, una que te salva y la otra que te condena. Pero a mí me condenaban las dos. Me quedaba un solo billete. De un lado era de 100 pesos y del otro la entrada de un circo. Cada día lo sacaba del bolsillo y lo miraba buscando nuevas posibilidades. En vano, siempre esos 100 pesos invalidados por un circo. Y acá estoy: una moneda de cartón arrojada al aire, girando y girando. Una cubetera en un refrigerador desenchufado. Pero pronto algo iba a mejorar. Quiero decir: también se mejora para peor.

jueves, 10 de diciembre de 2015

27

HOMBRE A CABALLO


Vemos pasar al tren de carga. Contamos los vagones como cuando éramos niños. La giganta está desnuda y con las piernas arriba del tablero del auto y fumando un cigarrillo. Pasa un hombre a caballo. Supongo que viene de otra dimensión y está rumbo a la siguiente. De pasada mira a La giganta. La giganta me dice que está enamorada del hombre a caballo. Que un buen día compartirá su montura y se escapará de este mundo rabioso. Comprendí que yo había sido testigo de una visión que no era mía. Habíamos compartido los ojos. Un sueño de La giganta que galopaba por González Satán, al fondo. Pensé que La giganta bien podría ser un sueño mío. Pero mis sueños están editados como si fueran pesadillas. Entonces La giganta me cuenta que El dogo ni siquiera se la coge. Que la desnuda y le recorre el cuerpo con la Thunder. Le mira los tatuajes. Le mete el caño de la Thunder en la boca. Le mete el caño de la Thunder 9 por  el culo. Lo mueve. Adentro y afuera. Abre la ventana y apunta eyaculando un disparo sobre la cara de la noche.  

jueves, 3 de diciembre de 2015

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FALSO ÚLTIMO CAPÍTULO

Mi historia con la araña ya la saben. Eso mismo les conté a El negro y al brujo. La manzana verde se iba regenerando al mismo tiempo que el brujo la devoraba. Es mágica, me dijo El negro al oído. No, manzana- le contesté. Les conté todo lo que fui pensando mientras seguía a la negra culona. El brujo escuchaba atentamente. Les dije que me llevó hasta la plazoleta Solveig Amundsen, que vi a El dogo orinar el monumento al cuco, que me acerqué y leí un nuevo nombre. Que los gatos fueron apareciendo como luciérnagas. Que la negra culona no estaba por ninguna parte. El brujo sonriendo sacó una araña del bolsillo. Era la negra culona. Estoy seguro. Si hay algo que nunca olvido es a una negra culona. Nos miramos, la negra culona y yo. Supe que sabía más de mí que yo mismo. Traté de sacarle información. Le ofrecí un cigarrillo. La invité a cenar. Le dije que yo también comía moscas los días de lluvia. Le pregunté si todo había sido real. La negra culona con la voz del brujo me dijo que sí. El negro me preguntó cuál era el nombre nuevo escrito en el monumento al cuco.

- El mío- le contesté.    

lunes, 30 de noviembre de 2015

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ORÁCULO

Eran las doce da la noche en punto cuando el Dodge 1500 dobló la esquina. El brujo se bajó comiendo una manzana verde. El negro y yo estábamos sentados en el cordón de la vereda de esa madrugada. Ni señales de El bizco y La giganta. El negro empezó a contar la breve e intensa aventura con su araña personal.

La historia de El negro: una araña grande como una mano grande. Atigrada y lenta  como si no le temiera a nada. Las ocho patas se movían cansinamente. No caminaba, iba pisando el mundo. El negro detrás. Anduvieron diez metros y la araña comenzó a cruzar la calle. La bicicleta del huevero la aplastó como si fuera un tomate podrido, atigrado y con ocho patas. El negro sintió vértigo. Se vio cayendo desde una terraza olvidada y recién vuelta a recordar. Se sintió una media pendiendo en el abismo, una túnica (de mierda) colgando en el perchero de la oscuridad. En realidad dijo que se cagó en las patas y después se fue a sentar en el cordón a esperarnos. Fuimos con el brujo a ver los restos de la araña: un tomate podrido, atigrado y con ocho patas, aplastado. Pulpa donde el brujo leía algo que nosotros no leíamos. Letras escritas en el idioma de Nana Borokúm, como si fueran signos que se desprendían del tomate y alcahuetearan el futuro. El oráculo era una araña aplastada por la bicicleta del huevero a mitad de una calle perdida en el culo del universo. Esperar una buena noticia era como preguntarle a Caronte si no te podía dejar, mejor, ya que estamos, en Corrientes y Callao, por favor. 

viernes, 27 de noviembre de 2015

24

LA NEGRA CULONA


Mientras iba detrás de mi araña personal pensaba en varias cosas: en mi ex-mujer, en Ozzy (el gato del que no me pude despedir cuando me separé), en el sueño que tuve con El bizco tocando la guitarra en las montañas de basura, en mi abuela y nuestra casa en llamas, en El negro y en cómo nos había convencido para realizar esta ¿experiencia? con el brujo y las arañas. Pensaba en La giganta, en su cuerpo tatuado y por un momento fui feliz. Pasó la tarde y cuando me quise dar cuenta era de noche y la araña me había llevado hasta la plazoleta Solveig Amundsen. Un perro blanco, un dogo, merodeaba el monumento al cuco. El dogo levantó una pata y orinó la estatua. Después como que escarbó en la tierra y olisqueó desafiante. Paseó la vista,  una panorámica del barrio pobre, y se alejó al trote. Me acerqué al monumento y leí un nuevo nombre. Alrededor, como fósforos que se encienden, unos cien gatos se fueron haciendo visibles. Como una constelación. Como velitas en la torta de cumpleaños de un muerto. La negra culona no estaba por ninguna parte.

martes, 24 de noviembre de 2015

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TU ARAÑA PERSONAL


El sacerdote del templo de nana Borokúm abrió la caja y dejó salir a cuatro arañas. La mía era la negra, culona. Una araña horrible. A cada uno le correspondía una diferente. La negra, culona, empezó a alejarse. Lo miré a El bizco que estaba en cuclillas hipnotizado en su araña personal. La giganta se despidió mientras seguía a la suya, una chiquitita. Parecía ir detrás de una ironía. El negro, se limpiaba el sudor con la túnica de mierda, esa que se ponía, parado junto a una araña del tamaño de su mano. Todos nos movíamos menos El negro. Su araña privada estaba quieta, en la vereda de ese mediodía. El sacerdote del templo de Nana Borokúm tiró la colilla a la zanja y se fue en un dodge 1500 prehistórico. Antes dijo que nos encontráramos ahí mismo después de media noche. Y antes había dicho que a cada uno le correspondía una araña diferente. Y que no podíamos perderla de vista. Y que teníamos que ir unos pasos detrás por donde quiera que la condenada vaya.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

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LAS TETAS

Tatuajes en el pecho derecho de La giganta: rodeando la areola una dentadura, afilada. Más arriba un trineo tirado por moscas subiendo la colina. Al lado, una luna cuarto menguante roja. Al costadito, unas huellas ¿humanas? bajando la colina, en perspectiva.
Hay nubes, lluvia. Y viento.
Tatuajes en el pecho izquierdo de La giganta: un arco iris que termina en el pezón, una olla con monedas de oro y una ¿duende? mostrando las tetas, también tatuadas.
Tatuajes en las tetas de ¿la duende?: estrellitas, una cruz, ¿un ojo?
Entre los pechos de La giganta hay un laberinto con un pac-man. Casi oculto hay un fantasma negro.   

Voy con los dedos uniendo los motivos y la historia que se cuenta es la más hermosa de las historias que terminan mal.